Tuesday, December 4, 2018

Soy católico: ¿Puedo hacerme un tatuaje?

En marzo de este año un seminarista le preguntó al Papa Francisco sobre los tatuajes. En su respuesta el Santo Padre pidió no asustarse con quienes los tienen y, en cambio, alentó a ir más allá del tatuaje para conocer mejor a la persona.

“Es importante no asustarse. ¡Con los jóvenes uno no debe asustarse nunca! ¡Nunca! Porque siempre, incluso detrás de las cosas que no son tan buenas, hay algo que nos hará llegar a alguna verdad”, dijo también el Papa en esa oportunidad.

Para tener una respuesta rápida a la pregunta que titula este artículo, diré que creo que un tatuaje no está bien y no debería hacerse. Es una intervención permanente en el cuerpo que no desaparecerá.

El cuerpo es hermoso y perfecto como es. No necesita adornos o signos adicionales. Simplemente no le hacen falta. Las declaraciones, enunciados, afirmaciones, exclamaciones, promesas de amor y demás, que quienes se tatúan quieren transmitir con sus tatuajes, se pueden hacer de muchas otras formas.

Voy a poner dos ejemplos sencillos: un papá que ama con locura a sus hijos (yo tengo dos, así que entiendo la experiencia del amor paterno) no necesita tatuarse sus nombres en los brazos. Si quiere decirle al mundo que los ama, pues que haga eso, que los ame. Que se despierte de madrugada cuando haga falta, que los consuele cuanto estén tristes, que los aconseje cuando se equivocan, que los reprenda cuando sea necesario, que no duerma una semana cuando se enfermen, etc.

Un papá, con tatuaje o sin tatuaje, es capaz de hacer eso y mucho más. Entonces, ¿para qué hacerse uno?

Un segundo ejemplo: una joven que ama la naturaleza no necesita tatuarse una mariposa en el cuello. Puede salir a caminar al campo, participar en algún proyecto ecológico, recoger basura de algún parque, evitar usar plásticos y muchas otras cosas más. Otra vez, no necesita el tatuaje para expresar su compromiso.

Los tatuajes no hacen falta en el cuerpo, templo del Espíritu Santo.

El cuerpo tiene que ser cuidado, custodiado y protegido porque es un don que el Señor nos ha dado a todos para vivir, para relacionarnos con los demás. Con él resucitaremos en el día final.

Siempre he pensado que hacerse un tatuaje es, de algún modo, algo así como decirle a Dios: “oye, este cuerpo que me diste no está del todo bien, queda mejor así”.

¿Y si ya te tatuaste? Pues no te hagas más tatuajes.

¿Y si todos tus amigos se tatuaron? Esta pregunta se contesta fácil con otra: si todos se tiran del barranco, ¿tú también? Es cierto que ambas preguntas no son del mismo nivel, pero creo que el ejemplo sirve.

¿Y si tu hijo se tatuó en secreto? Pues volvamos a lo que nos dijo el Papa. No nos asustemos y vayamos más allá. Busquemos esa verdad, esa afirmación, esa idea que está detrás del tatuaje para conocer mejor al otro, a la otra persona cuyo cuerpo es sagrado como el tuyo.

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