Saturday, September 5, 2020

Coronavirus, miedo a la muerte y solidaridad



América Latina no la pasa bien con el coronavirus. Somos la región más afectada y que más complicado tiene el panorama. Escribo desde Perú, donde el sistema de salud ha colapsado, y si no fuera por las múltiples campañas de la Iglesia en distintos lugares del país, muchos morirían por la falta de oxígeno que el gobierno no ha podido gestionar a tiempo.

La labor de “Respira Perú” ciertamente se ha convertido en un importante pulmón para afrontar esta crisis sanitaria.


Las cosas han empeorado en el país y las cifras siguen subiendo. En ese panorama y como para acrecentar las malas noticias, la ministra de salud acaba de decir que no recibió ningún pedido para abrir las iglesias, cuando su ministerio sí aprobó un protocolo que ya algunas diócesis están usando para abrir los templos a la oración privada de los fieles, y en algunos casos para misas, siguiendo todas las disposiciones sanitarias del caso.


En todo este panorama, con una crisis económica que se agrava cada vez más, como una sombra que uno no sabe cuándo le podría llegar o que ya estaba ahí y despertó de su aparente letargo o de la inconsciencia, aparece el miedo a la muerte. Porque, aunque todo parece indicar que la gran mayoría de gente se recupera de la COVID-19, es claro que también te puede llevar a la tumba.


Entonces, ¿qué podemos hacer ante eso? Primero, seguir todas las disposiciones que hemos recibido hasta el cansancio: lavarnos las manos, desinfectar las cosas, usar la mascarilla, evitar aglomeraciones y cualquier situación que podría ser de riesgo.


En segundo lugar creo que nos hará mucho bien reflexionar algo que decía hace unos meses un obispo francés, Mons. Pascal Roland, quien decía en marzo que se debe temer más a la “epidemia del miedo”.


En su reflexión, que creo vale la pena considerar ahora, el Obispo de Belley-Ars, del territorio donde se santificó el gran San Juan María Vianney o Cura de Ars, recordó que “un cristiano no teme a la muerte. No ignora que es mortal pero sabe en quien ha puesto su confianza”.


“Además, un cristiano no se pertenece a sí mismo, su vida está entregada porque él sigue lo que Jesús enseña: ‘Quien quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí y el Evangelio se salvará’”. Con eso no creo que el Obispo haya querido decir o siquiera insinuar que no importa si uno se contagia y muere, para nada.


Lo que creo quiso resaltar es que en medio de todo, los fieles no podemos ceder “a la epidemia del miedo”. El Obispo alentó además a no ser “muertos vivientes. Como diría el Papa Francisco: ¡No se dejen robar la esperanza!”.


En esa misma línea, y con una mirada alentadora, un obispo en Sudán del Sur, país africano de reciente creación, comenta que, a pesar de todo, la crisis del coronavirus es una oportunidad para el crecimiento espiritual.


Mons. Eduardo Hilboro Kussala escribió que con la pandemia cada creyente se ha convertido, de una forma u otra, en un evangelizador o predicador en las redes sociales; se ha encontrado ante el desafío de buscar nuevas formas de rezar y; ante el ayuno eucarístico que muchos vivimos, tiene la posibilidad de crecer en conciencia en el amor a la Eucaristía y en el hambre espiritual que busca a Dios por encima de todo.


Sabiendo que no debemos ser irresponsables en el cuidado de nuestra salud y que tampoco podemos ceder a la epidemia del miedo, teniendo en cuenta que este tiempo puede ser usado para crecer no solo espiritualmente sino de manera integral, ciertamente las palabras del Papa Francisco en la última audiencia general del miércoles, la primera con público desde el pasado 4 de marzo, caen como anillo al dedo.


En su catequesis, Francisco resaltó que “para salir mejores de esta crisis, debemos hacerlo juntos. Juntos, no solos, juntos. Solos no, ¡porque no se puede! O se hace juntos o no se hace. Debemos hacerlo juntos, todos, en la solidaridad. Hoy quisiera subrayar esta palabra: solidaridad”.


En el Perú, debido a la pandemia, varios millones de personas han perdido su trabajo. Nos toca ser más solidarios que nunca. Nos toca esforzarnos y ayudar, colaborar, no hace falta buscar a quién. Tú y yo sabemos a quién podemos ayudar. Las personas que más necesitan ahora casi están por todos lados.


A pesar de todo y aunque el futuro pueda parecer oscuro y sombrío, es momento para la esperanza, pero no una vana o rosa, sino para la esperanza verdadera que solo da Dios nuestro Señor.


Es momento para recordar también lo que dijo en la Jornada Mundial de la Juventud Colonia 2005 el buen Benedicto XVI que se acaba de convertir en el Papa más anciano de la historia: “solo de los santos, solo de Dios proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo”.


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Friday, July 24, 2020

La Iglesia Católica es literalmente el oxígeno ante el coronavirus


La pandemia del coronavirus nos ha golpeado de todas las formas posibles. Ha sido y sigue siendo un golpe duro, una patada en la cara que nos ha recordado lo frágiles que somos, sin importar nuestra condición social o económica. Nadie está a salvo del todo y todos podemos ser víctimas de la COVID-19 que sigue causando estragos, especialmente entre los más pobres.

Muchísimos han quedado desempleados y no saben bien qué les va a pasar en el futuro. Las cuarentenas van y vienen, y la ansiada vacuna aún no llega, aunque ya hay algunas voces de esperanza como la que llega desde la Universidad de Oxford en Inglaterra.


En resumen, el problema es serio y estamos sin aire, con la lengua afuera.


Como una luz de auténtica esperanza aparece en medio de todo la Iglesia Católica, la Iglesia que fundó Cristo con su Madre, la Virgen María y 12 sencillos hombres que lo dieron todo por anunciarlo.


La Iglesia, tan golpeada siempre y ahora más en nuestros tiempos por los medios que la emprenden contra ella con frecuencia, ha salido y sigue saliendo al frente de múltiples maneras.


Hacer un recuento de todo lo que hace sería intentar escribir un artículo interminable en el que podría haber algunos olvidos injustos o involuntarios. Sin embargo, quisiera mencionar solo algunos.


Vivo en Perú, y aquí dos sacerdotes en Iquitos, en la Amazonía, hicieron una colecta para una planta de oxígeno que ahora abastece al hospital más importante de la zona. Sin eso, muchos se habrían quedado sin este elemento básico para afrontar la enfermedad.


Hace unos días, los obispos del Perú realizaron (y aún se puede donar AQUÍ) una campaña llamada Respira Perú, que busca justamente eso, permitir que los enfermos de coronavirus puedan respirar el oxígeno que requieren.


Iniciativas similares se han lanzado en Trujillo, Chimbote, Huancayo y Cusco, y no me extrañaría para nada que sigan surgiendo otras.


Y ya desde el inicio de la pandemia, muchos otros sacerdotes salieron a colaborar con todos aquellos que comenzaron a sufrir por la falta de alimentos. En Lurín está el buen Padre Omar Buenaventura, del hogar de las Bienaventuranzas, que ha ayudado a miles con comida y que ha promovido y sigue promoviendo una ola de solidaridad con su ya famosa Asociación de las Bienaventuranzas que tanto bien hace.


También está el buen Padre Emerson Velaysosa, que colabora con mucho esfuerzo y entusiasmo con los más necesitados en los cerros de Lima.


En la frontera de Colombia y Venezuela, está el Obispo Víctor Manuel Ochoa, que en Cúcuta desde hace ya varios años sirve a los migrantes, y ahora en esta crisis no ha dejado de hacerlo y ha puesto más empeño para ayudar a cientos de miles de colombianos y venezolanos que sufren.


En México la Iglesia se ha puesto de pie, como era de esperarse, y entre las muchas iniciativas, recuerdo en este momento al actor y productor Eduardo Verástegui, que con su movimiento Viva México y con la ayuda de Cáritas, alienta la ayuda solidaridad para los que menos tienen.


Verástegui además ha promovido y sigue promoviendo el rezo del Rosario por todo el mundo y ha logrado poner a rezar a millones en las redes sociales.


En Nueva York, en la zona de Brooklyn, Cáritas ha llegado con alimentos y medicinas a cientos de miles de personas, ayudando así a muchos hispanos y negros que también se han visto afectado por la crisis.


Podría seguir, pero voy a detenerme ahí porque si no, simplemente no terminaría. Solo quiero agregar dos datos más.


El primero es que tengo que agradecer a todos los sacerdotes, obispos, cardenales y demás voluntarios que han hecho lo posible para que, a través de las redes sociales y la televisión podamos participar de la Misa.


Es cierto, no es lo mismo que estar en ella y poder recibir los sacramentos de la Confesión y la Eucaristía que tanto necesitamos, pero es lo que nos toca ahora hasta que poco a poco se vuelvan a abrir las iglesias y podamos rezar nuevamente rezar y recibir a Jesús sacramentado.


Por cierto, ¿No les parece raro que los centros comerciales y los restaurantes ya puedan funcionar y las iglesias aún no puedan abrir en muchos sitios?


Y para cerrar, creo que es de justicia agradecer la ayuda del Papa Francisco. No solo con sus 35 respiradores y el dinero enviado a distintos lugares y que se envía con mucho esfuerzo. Y no, el Vaticano no está lleno de millones. No. También sufre la crisis.


Creo que el Santo Padre nos ha mostrado lo esencial: Aferrarnos a Dios y no dejarlo, buscarlo siempre pidiéndole sin cesar, haciendo lo que nos toca hacer a cada uno allí donde se encuentre, dándolo todo sin egoísmos, sin miedo y sin miramientos.


Siempre hay alguien junto a nosotros o en nuestro entorno que nos necesita. No seamos indiferentes y pongamos manos a la obra.

Wednesday, June 17, 2020

Hablemos de sexo


Creo que hablar de sexo, pero hacerlo seriamente y sin tapujos, no es sencillo. No es fácil por muchas razones como la invasión salvaje de la pornografía en las vidas y en las casas de muchos, junto con sus muchas y muy dañinas secuelas, la tendencia casi “imparable” de la prostitución como algo normal o como algo incluso que debe ser apoyado o promovido, la visión de la infidelidad como algo “normal o natural” y varias otras razones que sería largo enumerar.

No es fácil hablar de sexo en serio pero creo que vale la pena hacer el intento.

Creo que un buen punto de partida es pensar o reflexionar en cómo educar en la recta sexualidad a los hijos. Con ellos hay que hablar de manera natural, franca, directa, sin poses, sin risitas, sin vergüenzas, sin pantallas, sin nada distinto a la verdad sobre esta dimensión hermosa del ser humano.

No voy a referirme a cómo hablar de sexo con los hijos porque eso ya lo hice AQUÍ. Sé que ese post no agota el tema –porque siempre en esta esfera de la vida aparece algún cabo suelto, alguna ayuda o enseñanza que nuestros pequeños necesitan y merecen saber, siempre a la altura de lo que piden, nunca más allá de sus preguntas para no abrumarlos– pero por ahora lo voy a dejar ahí.

Digo que es un buen punto de partida porque la mirada de los niños, también en el tema sexual, es limpia y nos ayuda a acercarnos con ojos más puros a esta dimensión hermosa que Dios nos ha regalado.

Sí, creo que ese un primer criterio clave: Dios nos regala a todos el don de la sexualidad. Algunos, los casados, la ejercemos plenamente en el matrimonio como una concreción especialísima del amor conyugal. Ese es su lugar natural, su ámbito legítimo.

A otros, como los sacerdotes y las monjas, Dios les pide renunciar al ejercicio concreto de la sexualidad para entregarse plenamente al anuncio de la Buena Nueva. No creo que sea fácil la vivencia del celibato pero el Señor les da esa gracia a quienes llama.

Dios les ha regalado al hombre y a la mujer una dimensión especialísima que permite que ambos, en el matrimonio, sean una sola carne. No son la suma de dos personalidades, no son uno por encima o al costado del otro. No. Son dos que se hacen uno y que tienen como fruto concreto a los hijos.

Y allí va un segundo criterio: el sexo permite que los esposos que se complementan cotidianamente, se hagan uno solo a todo nivel

Ciertamente cada cónyuge mantiene su individualidad, pero el esposo ya no se entiende sin la esposa y la esposa tampoco sin el esposo. Y si la realidad resulta que no es así, pues algo podría estar fallando.

Pero en el sexo no todo es responsabilidad y seriedad. No. Y este podría ser un tercer criterio: Dios nos regala el placer sexual, el goce legítimo, puro, normal y natural que hace parte de las relaciones sexuales.

El placer NO es malo. Lo malo es buscar el placer por el placer, el hedonismo. El placer, en el ámbito de las relaciones sexuales conyugales es bueno y es totalmente lícito. Nada más hermoso que una relación sexual llena de amor y también de placer en el ámbito del matrimonio. Allí donde nos hacemos compañeros de vida y "cómplices" de todo con la persona que elegimos hasta que la muerte nos separe.

Un cuarto criterio es que, si bien el sexo es una cuestión natural, es también una cuestión que debemos tratar con delicadeza, respeto y pudor. Sí, pudor. No es obsoleto, no está pasado de moda, no es medieval, no es una estupidez. No.

El pudor es necesario, entre otras cosas, para que todos, sin importar quién seamos o qué edad tengamos, respetemos siempre al otro (o la otra) y no lo veamos como un "pedazo de carne" para satisfacción personal. 

La otra persona es alguien que, como yo, quiere y merecer ser feliz, ejercite o no su sexualidad plenamente. Si vemos en el otro a un ser humano que anhela con todo su corazón la felicidad verdadera, ciertamente nuestro trato será distinto, más humano, más cercano, más limpio y más normal.

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Saturday, May 30, 2020

El Espíritu Santo ¿Un desconocido?



En Pentecostés la Iglesia celebra la venida del Espíritu Santo prometido por Jesús, sobre la Virgen María y los Apóstoles. Solemos entender de la Santísima Trinidad que el Padre es el Creador y el Hijo Jesús es nuestro Salvador; pero pasa con cierta frecuencia que la figura del Espíritu Santo no está del todo clara o no la sabemos explicar.

Nos aprendemos sus dones para la Confirmación (sabiduría, entendimiento, consejo, ciencia, piedad, fortaleza y temor de Dios) o lo recordamos cuando leemos algunos pasajes bíblicos como el Bautismo de Cristo o la Anunciación, pero sucede en ocasiones que es difícil explicar quién es. Así que, ayudado de dos santos y el Catecismo, voy a intentar hacerlo de manera simple.

El 14 de noviembre de 1990, el querido Papa San Juan Pablo II dedicó su catequesis a este tema y la título "El Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo". Mejor resumido, imposible.

En esa oportunidad, el Papa peregrino dijo que “La Iglesia, ya desde los comienzos, tenía la convicción de que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo como Amor”. Eso quiere decir, en otras palabras, que el Espíritu Santo es el Amor eterno que tiene el Padre por el Hijo y el Hijo por el Padre; y este es tan intenso, profundo y total, que es una Persona que a la vez es Dios, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. 

Para decirlo de otro modo y profundizando algo más tenemos a San Agustín, que dice que “el Amor es de Dios y es Dios: por tanto, propiamente es el Espíritu Santo, por el que se derrama la caridad de Dios en nuestros corazones, haciendo morar en nosotros a la Trinidad”.

Para definir al Espíritu Santo el numeral 691 del Catecismo de la Iglesia Católica afirma que es “el nombre propio de Aquel que adoramos y glorificamos con el Padre y el Hijo. La Iglesia ha recibido este nombre del Señor y lo profesa en el Bautismo de sus nuevos hijos”. 

El mismo numeral señala luego que si bien “Espíritu y Santo son atributos divinos comunes a las Tres Personas divinas”, la Biblia, la liturgia y el lenguaje de la teología unen estas dos palabras para designar a “la persona inefable del Espíritu Santo, sin equívoco posible”. Inefable, según el diccionario, significa “que no puede ser dicho, explicado o descrito con palabras por tener cualidades excelsas” o superlativas.

¿Cuáles son los símbolos del Espíritu Santo? El agua, la unción con óleo o crisma, el fuego, la nube y luz, la paloma, como la que vuela después del diluvio universal o la que se posa sobre Jesús luego de su bautismo. Hay otros más, pero creo que estos son los que vienen a la mente con más facilidad.

Y en breve, ¿qué hace el Espíritu Santo? Alimenta, sana, organiza y vivifica a la Iglesia, por medio de los sacramentos, por ejemplo. Y nos inspira el deseo de rezar, es el Maestro de la oración.

Así que ahora que tenemos un poco más claro quién el Espíritu Santo (espero), elevemos una oración para que nos llene con sus dones, nos infunda con su gracia y nos ayude a ser auténticos testimonios de vida cristiana que tanto necesita la Iglesia y el mundo de hoy.

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CORONAVIRUS: INCERTIDUMBRE Y DECISIONES DIFÍCILES



UNA DECLARACIÓN DE AMOR






Wednesday, May 27, 2020

¿La familia Iglesia doméstica está en cuarentena de fe?


Pues, sí y no. Sí porque allí donde las autoridades lo han establecido, aún no se puede salir de casa aunque ya en varios sitios hay algunas concesiones. Y no porque la familia NUNCA descansa, menos en el asunto de la fe. O no debería descansar en este asunto esencial.

En su catequesis del miércoles 27 de mayo, el Papa Francisco resaltó la importancia de enseñar a los niños a rezar, comenzando por hacer bien la señal de la cruz. “Enséñenles a hacer bien el signo de la cruz. Es la primera oración, para que los niños aprendan a rezar. Después, quizás, se pueden olvidar, tomar otro camino, pero aquello permanece en el corazón, porque es una semilla de vida, la semilla del diálogo con Dios”.

Es verdad que en estos días de confinamiento hay situaciones que pueden volverse complejas o que nos exigen ser creativos al máximo para no acabar asfixiados, agotados o apesadumbrados. 

Es verdad también que el confinamiento está generando una serie de repercusiones negativas en las personas a distintos niveles como el psicológico, pero también es verdad que lo fundamental en la vida de toda persona es el plano espiritual o religioso.

Eso lo tenemos que nutrir rezando, con nuestro ejemplo y enseñando bien a nuestros hijos. Somos los principales responsables de esa tarea. En mi casa hemos leído los Hechos de los Apóstoles y un libro sobre filosofía en donde también se habla de la fe. 

Y cuando el Papa ha alentado a una oración comunitaria, nos hemos sumado, como la que dirigió en la Plaza de San Pedro vacía al final de marzo. Lo que quiero decir es que son muchas las posibilidades y solo nos toca tomarlas.

Es cierto que no es igual ver la Misa que asistir a ella, pero eso es lo que nos toca por ahora. Puedo decir que después de dos meses y medio todavía me cuesta alistarme, prepararme y tener que encender la televisión para ver a un sacerdote celebrar y no poder confesarme ni comulgar. 

Extraño poder hacer eso y me da cierta tristeza, pero eso es lo que nos toca y por ahora no hay alternativa, al menos no donde vivo con mi familia.

Pronto podremos volver a las iglesias a encontrarnos allí con Jesús Eucaristía que nos aguarda y acompaña.

En esa línea de reflexión, quisiera comentar que, también el 27 de mayo, los obispos de Colombia publicaron un comunicado en el que señalan que, desde hace más de un mes han pedido al gobierno que les dejen reabrir las iglesias, con todos los protocolos de seguridad que sean necesarios para evitar el contagio y la propagación del coronavirus.

En el comunicado los obispos recuerdan el derecho que tiene toda persona al culto divino, algo que “no puede considerarse simplemente como una actividad social” ya que “la vida espiritual es esencial para que la persona humana logre la salud integral y la fortaleza de ánimo en estos tiempos difíciles”.

Los prelados de la querida Colombia resaltaron además que “el fortalecimiento de la vida interior es realmente un remedio contra la angustia y la incertidumbre generadas por la pandemia”. 

Ciertamente la fe nos sostiene y el culto nos alienta. Recemos para que pronto podamos volver a las iglesias en Colombia y el resto de nuestra querida América.

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