Wednesday, January 15, 2020

Memorias de la devastación: El terremoto de Haití

En enero de 2010 viajé a Puerto Príncipe en Haití para ayudar a hacer un video que permitiría luego recaudar fondos para la reconstrucción de la Iglesia en el país más pobre de América.

Aún al recordar lo que pasé me estremezco un poco. No fue fácil y siempre pude ver la mano de Dios acompañándonos, a mí y al camarógrafo con quien emprendimos la travesía que nos hizo ir de Lima a Santo Domingo, desde donde luego tomamos el bus para la capital haitiana.

Llegamos de noche. Todo estaba oscuro, no había energía eléctrica. Se podían ver muchos grupos de gente en las calles, con velas, cocinando lo poco que tenían, tomando la poca agua que les quedaba. Pero sobre todo, se les podía ver caminando. Cientos de personas caminando hacia cualquier lugar, con rumbo indefinido.

La zona por donde entramos no estaba muy destruida. De trecho en trecho se podían ver casas derrumbadas, hoteles caídos, escombros imposibles de identificar, se veía desolación y mucha pero mucha pobreza.

Esa primera noche pudimos dormir en uno de los buses de Caribe Tours que llegó a Puerto Príncipe. La idea original era ir a un hotel, pero no había taxis y no sabíamos dónde quedaba nada. 

Gracias a los conductores del bus nos pudimos quedar allí, en la terminal, y pudimos tener una cena decente que incluyó coca cola, algo que atesoramos mucho, luego, cuando seguíamos viendo a la gente sin nada.

A las 6 de la mañana del 16 de enero y luego de haber encomendado en mis oraciones a mi papá que ese día cumple años, partimos en búsqueda de la nunciatura apostólica para entrevistar a Monseñor Bernardito Auza, que ahora sirve como Nuncio Apostólico en España.

En la nunciatura una joven dominicana nos acogió y nos hizo pasar. Desde allí pudimos ver toda la ciudad. Desde esa colina se podía escuchar los gritos de dolor de la gente, las casas derrumbadas, los campamentos donde cientos o miles de personas se habían acomodado porque ya no tenían donde vivir.

El nuncio nos recibió y nos concedió una entrevista extensa, larga, profunda, llena de emociones. Nos contó cómo había fallecido el Arzobispo de Puerto Príncipe, Monseñor Serge Miot, cómo los seminarios estaban en ruinas, que la Iglesia del Sagrado Corazón, la más hermosa de Haití, estaba destruida, nos contó también que, de la Catedral, quedaban solo escombros, que hacía falta ayuda para demasiada gente y que no se daban abasto con lo que tenían.

Luego de la nunciatura fuimos al seminario. Mientras bajábamos pudimos ver una zona en la que casas de gente pobre habían resistido. El chofer de la camioneta que nos llevó nos explicó que esa montaña era de roca y por eso no se veía la destrucción que vimos luego en otros lados de la ciudad.

En el seminario un sacerdote sobreviviente nos contó cómo escapó, por poco, de morir y cómo, bajo los escombros, estaban todavía los restos de varios seminaristas. No podían sacarlos porque no tenían cómo y no podían hacer nada al respecto.

En medio de lo que quedaba del seminario nos sorprendió una réplica. Se me quedaron grabadas las caras de desesperación de los sacerdotes y los seminaristas que estaban en ese momento con nosotros. Huyeron todos despavoridos temiendo lo peor, y lo peor de todo es que si algo hubiera caído, tal vez a alguno le hubiera pasado algo.

Después nos dirigimos a la iglesia del Sagrado Corazón. Unas cuadras antes de llegar al templo, vi a un policía delante de una camioneta. No me había percatado que tenía a tres muchachos esposados en la tolva de la misma y no vi, sino hasta después, un camión con la fuerza de seguridad de la ONU. 

Al llegar a la esquina de esa cuadra vi a un muchacho de no más de 20 años con un rifle. Cuando lo vi disparar, a unos cinco metros de donde yo estaba, corrí y le dije al camarógrafo que hiciera lo mismo. El tráfico paró, alguien contestó desde dentro de una casa con otro balazo. Todo fue muy rápido y, afortunadamente, no nos pasó nada.

Después de grabar las tomas en la iglesia del Sagrado Corazón, teníamos que hacer lo mismo con la Catedral. En el camino vimos varios muertos tirados en la calle, vimos dos grifos en donde la lucha por algo de combustible era muy violenta.

En la catedral pudimos ver algo interesante. Este templo y el del Sagrado Corazón tienen un Cristo muy parecido en la parte externa, que en ambos casos se mantuvo en pie, prácticamente intactos. Algo de esperanza me nació cuando vi eso.

Después de filmar las ruinas de la catedral y después de preguntar cómo regresar a Petionville, la zona de la nunciatura, apareció una camioneta con tres haitianos. Uno de ellos nos preguntó si éramos periodistas y ofreció llevarnos. “No voy directamente para allá, voy a dar unas vueltas antes y luego los dejo”, nos dijo. Así íbamos a tener así imágenes de la zona más destruida y peligrosa.

Lo que vimos fue tal vez una de las cosas más duras. Cientos, miles de personas caminando hacia ningún lugar. Gente enfrentándose con lo que tenían: palos, piedras, escombros, por algo de comer. Si alguien encontraba algo, caían encima otros y se lo llevaba el más fuerte. Caos por todos lados. Nadie ayudaba a nadie. La perfecta ley de la jungla.

Salí de esa zona con el corazón estrujado. Demasiado dolor para tan poco tiempo, demasiado pesar y desesperanza.

Luego, en uno de los campamentos donde la gente dormía, conversamos con un señor de unos 40 años que nos dijo “mi situación es muy mala, no tengo casa, no tengo trabajo, no tengo comida para mí ni para mis hijos”, mientras un joven nos recordaba que la pobreza en Haití es total.

El regreso a Santo Domingo no fue menos complicado pero llegamos bien y sin problemas. Allí pudimos entrevistar al ahora Arzobispo Emérito, Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, que nos dijo una frase que se me quedó grabada y que me gustaría todos adoptásemos, no solo ante esta tragedia sino ante cualquier otra o ante cualquier necesidad de un hermano nuestro. “¿Qué nos toca hacer ahora? Solidaridad”.

Diez años después aún hay mucho por hacer. Si podemos hacer algo concreto, hagámoslo. Si no podemos hacer algo por Haití, hagamos algo por quien tengamos cerca y necesite ayuda. No seamos indiferentes al dolor humano, al sufrimiento del que está a nuestro lado.

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